Caminaba por avenida Lázaro Cárdenas. Era uno de esos días nublados que le ha tocado a la ciudad de Guadalajara. Iba con rumbo a la casa, después de una jornada larga de trabajo, de estar aguantando al jefe que quiere todo rápido y que cambia de opinión a cada hora; después de estar soportando a los compañeros de trabajo que trabajan poco y se la pasan en Facebook. Es decir, después de un día más en la “chamba”.

Al cruzar por Colón, la vi.

Rubia como ella sola. Caminaba por ahí, como no sabiendo a dónde ir. Como perdida.

Iba a cruzar avenida Colón, y ella se puso junto a mí. La miré de reojo.

Se puso en alto, y comencé a caminar. Ella caminó conmigo hasta cruzar los dos los seis carriles de la avenida.

La miré.

Ella me miró. O hacía como que me miraba. Di un paso, y ella dos. Se detuvo. Di cuatro pasos y ella dio dos.

¿Qué hago?, me pregunté.

Caminé por la acera de avenida Colón, la que da a la unidad López Mateos, y ella caminó detrás de mi. Era rubia como ella sola.

Decidí afrontar la situación. Me di la vuelta y la miré. Ella me miró, y eso fue lo que me contestó.

Me acerque detenidamente a ella, esperando que no se fuera. Se quedó parada.

La abracé. Estaba un poco sucia. Olía un poco feo.

Caminé hasta mi casa. Con ella.

Hoy vive conmigo.